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viernes, 12 de junio de 2009

Esperanza

Fue un momento extraño y maravilloso. De repente, mi mente se vació de todo. No había pensamientos ni nada de lo que preocuparse. Luego sentí mi cuerpo vacío, como si yo no estuviera allí, como si sólo contemplara la escena del interior de un tren sin estar presente. Los sonidos eran ahora tan nítidos que se hicieron palpables. Escuché la vida, proveniente de las risas de unas muchachas sentadas cerca de mí. Sentía que me elevaba, y, dejando de tocar el suelo, mi cuerpo levitaba, pudiendo morder el aire, sintiendo esa vida que me rodeaba en toda plenitud. El suave movimiento del tren, avanzando hacia un destino poco concreto del futuro, acentuaba la sensación. Se fue ese constante miedo a la muerte, se fue la inseguridad y la desconfianza que siempre apabullaban en este descontrolado ritmo de vida que tenemos. Y observé. Observé las cosas como son sin prejuicios. Agarré el tiempo. Y me sentí libre.

Como vino, se fue. Esa sensación duró unos segundos. Pero fue suficiente. La megafonía que indicaba la siguiente parada (demasiado cerca de la realidad) me despertó del ensueño. No importaba. Por un momento había podido sentir la felicidad.



--Madam Beus, el tejón de Imado
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El hombre consecuente cree en el destino; el voluble, en el azar.
Benjamin Disraeli