Hoy ha sido un día cansado, pero me ha pasado algo genial.
Iba en el metro, línea 1, hacia la Plaza de Castilla, cuando se ha subido un chico con una guitarra. "Este es de los que se ponen a tocar y a cantar algo en el metro. Puff, me pongo Muse", me dije. Pero era diferente. Era un chico joven al que nunca había visto, y, no sé, su actitud al entrar me pareció diferente a la de los que suelen cantar en el metro.
La verdad es que no cantó mucho, algo en inglés de vez en cuando, pero eso no era lo importante. Lo importante es que nos hablaba, se dirigía a la gente y nos hacía soltar una sonrisa. Nos decía, por encima del sonido de la guitarra, que quería amenizarnos nuestro viaje, nuestra lectura, a cambio de una sonrisa, de una mirada amable, sí señor. Tras un de verdad ameno acompañamiento durante un par de estaciones, cantándonos y hablándonos, se bajó recordándonos que debíamos sonreir porque, si no, nos pudriríamos por dentro.
Me parecía tan encantador que yo misma no podía parar de sonreir cuando ese chico estaba ahí, dando la cara frente a currantes aburridos en el metro, animando. No podía dejar de sonreir cuando empezó a hablar, cuando estaba ahí, cuando se bajó y cuando yo seguí en el metro recordándole.
Y es que, como dice Mish, cuando ves felicidad.. como que se contagia :)
Iba en el metro, línea 1, hacia la Plaza de Castilla, cuando se ha subido un chico con una guitarra. "Este es de los que se ponen a tocar y a cantar algo en el metro. Puff, me pongo Muse", me dije. Pero era diferente. Era un chico joven al que nunca había visto, y, no sé, su actitud al entrar me pareció diferente a la de los que suelen cantar en el metro.
La verdad es que no cantó mucho, algo en inglés de vez en cuando, pero eso no era lo importante. Lo importante es que nos hablaba, se dirigía a la gente y nos hacía soltar una sonrisa. Nos decía, por encima del sonido de la guitarra, que quería amenizarnos nuestro viaje, nuestra lectura, a cambio de una sonrisa, de una mirada amable, sí señor. Tras un de verdad ameno acompañamiento durante un par de estaciones, cantándonos y hablándonos, se bajó recordándonos que debíamos sonreir porque, si no, nos pudriríamos por dentro.
Me parecía tan encantador que yo misma no podía parar de sonreir cuando ese chico estaba ahí, dando la cara frente a currantes aburridos en el metro, animando. No podía dejar de sonreir cuando empezó a hablar, cuando estaba ahí, cuando se bajó y cuando yo seguí en el metro recordándole.
Y es que, como dice Mish, cuando ves felicidad.. como que se contagia :)